España en masa llora a Ganivet

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Desde el puerto de San Sebastián hasta el cementerio de San José, miles de personas pujaban por llevar a hombros el sarcófago con sus restos, especialmente en Madrid y Granada
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El Ayuntamiento lo enterró en una fosa provisional y prometió erigirle un panteón de granadino ilustre: lleva cien años esperando con la lapidilla en idioma letón
Que una imagen vale más que mil palabras es lo más acertado para calificar lo ocurrido con Ángel Ganivet García durante la última semana de marzo de 1925. Mejor dicho, con la caja que contenía su momia
Que una imagen vale más que mil palabras es lo más acertado para calificar lo ocurrido con Ángel Ganivet García durante la última semana de marzo de 1925. Mejor dicho, con la caja que contenía su momia. Toda la prensa española que podía publicar fotografías dejó constancia de las grandes masas de personas que acompañaron, homenajearon y despidieron sus restos en su último paseo, hace ahora un siglo. Fue un tributo continuado de cinco días. No ocurrió así en la prensa granadina porque los diarios locales no disponían de tecnología para publicar fotografías. Pero sustituyeron la parte gráfica por enormes galeradas de letras. Ni siquiera la única revista mensual granadina, Reflejos, dedicó una sola fotografía a tan importante evento.
Ya dediqué hace ocho años un artículo en este mismo diario digital a narrar las peripecias de la muerte y abandono del cadáver de Ángel Ganivet en 1898 (Ver: El periodista que encontró la momia de Ángel Ganivet perdida en un cementerio). Hoy, en este centenario olvidado, solamente añadiré algunos detalles más. Y el reflejo que tuvo en la prensa gráfica madrileña.
De ellos, la mayoría de su niñez y adolescencia los pasó en esta ciudad, otros cuantos en Madrid y muy poquitos en las ciudades a que fue destinado como miembro del cuerpo diplomático
Este año 2025 se cumplen 160 años del nacimiento de Ángel Ganivet en Granada. De ellos, la mayoría de su niñez y adolescencia los pasó en esta ciudad, otros cuantos en Madrid y muy poquitos en las ciudades a que fue destinado como miembro del cuerpo diplomático. Se suicidó en las aguas del río Dvina, en la capital letona de Riga, el 29 de noviembre de 1898. Fue enterrado en su cementerio cristiano. Y abandonado. Solamente tuvieron la precaución de introducir su cadáver en una caja de zinc pensando en una futura repatriación. Quedó olvidado por el Estado español, del que era empleado público.
[En cierto modo, era comprensible que un simple cónsul en Riga quedara abandonado por el gobierno español. Por los días que se suicidó, España estaba sumida en una enorme frustración, humillación e impotencia por la pérdida de las últimas colonias americanas y Filipinas. Estaba negociando con EE UU el tratado de París para la definitiva claudicación del imperio colonial español].
Desde El Defensor su periódico y donde escribían sus amigos, ya plantearon desde la fecha de su muerte a que España repatriase sus restos. Sin embargo, nadie les hizo caso
Siempre se pensó en hacer los trámites para traer sus restos a Granada. Pero las cosas de palacio también por entonces iban despacio. Contaba Luis Seco de Lucena en El Liberal de Madrid (28 de marzo de 1925) que la última vez que estuvo en Granada fue en las vacaciones de julio de 1897. Había dejado escrito el drama El escultor de su alma (estrenado en el Teatro Isabel la Católica el 10 de marzo de 1899). Desde El Defensor, su periódico y donde escribían sus amigos, ya plantearon desde la fecha de su muerte a que España repatriase sus restos. Sin embargo, nadie les hizo caso.
En octubre de 1912 se consiguió el compromiso del Ayuntamiento para que iniciara las gestiones. Se recurrió al diputado Joaquín Montes Jovellar (febrero de 1913) para que mediara con el gobierno presidido por Eduardo Dato. Respondió el ministro Juan Navarro Reverter que había dado órdenes al cónsul español en Riga para iniciar las gestiones. Se pensaba introducir la caja de zinc dentro de otra de madera para su traslado; en total, el coste oscilaría entre 500 y 600 pesetas. Pero…
Así fue cómo el gobierno conservador de Eduardo Dato dio carpetazo al asunto de la repatriación del cadáver de Ganivet
A los pocos días, el mismo ministro volvía a escribir una nueva carta al diputado granadino echándose para atrás. Le comunicaba que esa resolución no estaba en sus manos “pero como en el presupuesto de este departamento (el del Ministerio de Estado, equivalente a actual Presidencia) no existe crédito alguno aplicable a dicha atención, me veo privado del gusto de dar a usted una respuesta satisfactoria”.
Así fue cómo el gobierno conservador de Eduardo Dato dio carpetazo al asunto de la repatriación del cadáver de Ganivet.
El Ateneo de Madrid celebró una sesión necrológica cuando se cumplió un lustro de su pérdida; en él participaron escritores de la Generación del 98 (Unamuno, Azorín, Ramiro de Maeztu, su amigo Navarro Ledesma y Román Zalamero)
En Granada, y por España, se le habían hecho algunos homenajes desde su muerte. El Ayuntamiento colocó (1903) una placa en la fachada de la que fuera su casa-molino junto a la Acequia Gorda, diseñada por Pablo Loyzaga. El Ateneo de Madrid celebró una sesión necrológica cuando se cumplió un lustro de su pérdida; en él participaron escritores de la Generación del 98 (Unamuno, Azorín, Ramiro de Maeztu, su amigo Navarro Ledesma y Román Zalamero). En 1904, Rubén Darío le dedicó un poema. Ya para 1911, con el resurgimiento del Centro Artístico de Granada, empezó a recordarlo con distintas actividades literarias y subiendo cada 29 de noviembre al cementerio a depositarle flores.
Se desvanecieron los esfuerzos y los intentos por repatriar el cadáver. Solamente se centraron en erigirle un monumento
En aquellos agitados años surgió la revolución rusa. El cementerio de Riga se llenó de cadáveres. Incluso metieron más en la fosa que contenía la caja de Ganivet. Falleció su amigo Navarro Ledesma (1905), que era el que mantenía vivo el recuerdo y los intentos de su repatriación. Se desvanecieron los esfuerzos y los intentos por repatriar el cadáver. Solamente se centraron en erigirle un monumento.
Un monumento con polémica
Al menos, alguien pensaba en dedicarle un monumento en Granada. La idea inicial surgió en La Económica, en 1908, con motivo de la programación de actos que organizaron para conmemorar el décimo aniversario de la muerte. Instituyeron un premio. Fue ganado por el pintor Miguel Horques Villalba y el taller de escultura de José Navas Parejo. Era un diseño un tanto modesto, rodeado de un zócalo de flores, que se instalaría en los jardines del Genil, frente a la Cuesta de los Molinos. Todo quedó en iniciativa fallida.
Un segundo intento de monumento lo promovió el Centro Artístico en 1911. Melchor Fernández Almagro y el joven Antonio Gallego Burín propusieron un nuevo concurso entre escultores. Pidieron colaboración al poderoso conseguidor Natalio Rivas Santiago
Un segundo intento de monumento lo promovió el Centro Artístico en 1911. Melchor Fernández Almagro y el joven Antonio Gallego Burín propusieron un nuevo concurso entre escultores. Pidieron colaboración al poderoso conseguidor Natalio Rivas Santiago. Entre todas las aportaciones se alcanzó sumar la importante cifra de 21.532 pesetas. De ellas, 10.000 las había conseguido Natalio Rivas de los presupuestos del Estado. Las aportaciones granadinas más importantes fueron 1.000 pesetas del Casino, 1.000 de la Banca Rodríguez Acosta, 500 de la Real Maestranza y 557 de cuestación ciudadana. El Ayuntamiento de Madrid puso 1.975; el de Granada no puso nada, pero haría la instalación.
Se estuvo mareando la perdiz hasta que ya, en 1917, Natalio Rivas y el Ayuntamiento encargaron la escultura a su joven protegido Juan Cristóbal González Quesada. El artista se ofreció a hacerlo gratis o cobrar poco si la recaudación no daba para más.
El siguiente problema surgió tras la ocurrencia del Ayuntamiento de turno de convocar una especie de consulta ciudadana para elegir el sitio, una vez desechado el jardín del Genil. Unos opinaron que era el entorno del Paseo de los Tristes o el Avellano (liderados por Gallego Burín) el lugar más ligado a las andanzas literarias de Ganivet y su Cofradía del Avellano; otros sugirieron la placeta de la Capilla Real y un tercer grupo, el bosque de la Alhambra. Quedaba constancia de que la mayoría de intelectuales se decantaba por el Paseo de los Tristes.
Al final, el Ayuntamiento se alineó con las tesis de Natalio Rivas y de Juan Cristóbal (apoyados por la Academia de Bellas Artes y el Centro Artístico) y eligieron la rotonda del paseo de los coches de la Alhambra
Al final, el Ayuntamiento se alineó con las tesis de Natalio Rivas y de Juan Cristóbal (apoyados por la Academia de Bellas Artes y el Centro Artístico) y eligieron la rotonda del paseo de los coches de la Alhambra.
Una vez más, transcurrió tiempo. La escultura estaba a medio hacer en el taller de Juan Cristóbal. Surgieron rumores de que la había vendido a un museo extranjero. Corría junio de 1920. Se armó cierta polémica periodística. Tanto Natalio Rivas como Juan Cristóbal desmintieron los rumores.
Al menos aquella noticia sirvió para desempolvar el tema de Ganivet y su cadáver olvidado en un cementerio de Riga. Lo retomó el periodista Enrique Rodríguez Rodiño, que iba a Letonia a informar de la guerra en Rusia. Mientras esperaba el visado en Riga, tuvo la ocurrencia de entretenerse buscando la momia perdida en la revuelta ciudad.
Mientras tanto, en el verano de 1920 empezaron a llegar las cajas con las partes que conformarían el monumento a Ganivet. Las depositaron en el Hospicio (Hospital Real). Habían sido esculpidas y fundidas en Madrid.
En principio, se programó el evento tratando de hacerlo coincidir con la traída de sus restos. Pero la burocracia se complicó y todavía hubo que esperar casi cuatro años más para la llegada de los huesos
No fue hasta la primavera de 1921 cuando, reactivada de nuevo la repatriación de la momia por los artículos de Enrique Rodríguez Rodiño, Gallego Burín y unos cuantos intelectuales más, se decidió colar el monumento a Ángel Ganivet en la Alhambra. Su inauguración tuvo lugar el 4 de octubre de 1921. En principio, se programó el evento tratando de hacerlo coincidir con la traída de sus restos. Pero la burocracia se complicó y todavía hubo que esperar casi cuatro años más para la llegada de los huesos.
Después de colocada la escultura y vista por el público granadino, todavía continuó la polémica sobre la ubicación y la temática elegida por el artista. La gente, incluida parte de la intelectualidad, no entendió la figura de un hombre desnudo luchando con un carnero. Precisamente al lado del agua donde se arrojó el escritor.
Baño de masas desde San Sebastián a Granada
Por fin, el 17 de marzo de 1925 salió el barco la caja con la momia de Ángel Ganivet. Partió desde Riga y llegó al puerto de San Sebastián la madrugada del día 26. La prensa española iba informando detalladamente de la ruta del mercante y los atraques que hacía en los puertos. En San Sebastián fue homenajeado por su Ayuntamiento, que colocaron una bandera española cubriéndolo. Siguió por Irún. Ya en tren expreso, llegó a Madrid a media mañana del día 28. El ambiente creado por la prensa madrileña era de euforia. El gobierno declaró día no lectivo aquella jornada, a pesar de ser sábado. Se quiso facilitar que estudiantes y profesores dedicaran la jornada a recordar la figura del insigne pensador, precursor de la Generación del 98. En la creación de aquel ambiente de euforia tuvo mucho que ver Fabián Vidal (Enrique Fajardo Fernández), periodista granadino que dirigía La Voz, el diario de mayor tirada.
En Madrid se desarrolló un programa de actos en el que participaron miles de personas. Se decía que todo Madrid había salido a la calle para recibir el tren en la estación del Norte; trasladar a hombros el féretro por turnos de cuatro estudiantes
En Madrid se desarrolló un programa de actos en el que participaron miles de personas. Se decía que todo Madrid había salido a la calle para recibir el tren en la estación del Norte; trasladar a hombros el féretro por turnos de cuatro estudiantes. La comitiva recorrió a pie el Paseo de San Vicente, plaza de España, calle Leganitos, plaza de Santo Domingo y calle San Bernardo, donde se situaba entonces el Paraninfo de la Universidad Central. Allí fue velado por invitación hasta última hora de la tarde. A las 22.00 horas fue trasladado hasta la estación del Mediodía (actual Atocha) para subirlo al tren expreso de Granada.
Gracias a la prensa madrileña y los encargos que hicieron a los fotógrafos granadinos Torres Molina y Henares podemos conocer con detalle aquella interesante información gráfica. Sólo faltó una grabación cinematográfica para rematar la faena
La prensa madrileña se volcó en dedicarle grandes espacios y abundante material gráfico a lo que se consideró el evento cultural más importante del mes. En días previos se contaba su biografía, su pensamiento, incluso incluyeron reportajes con ilustraciones de los principales lugares ganivetianos granadinos. Los periódicos de Madrid (que eran legión) dejaron el listón muy alto con el escritor granadino. Tanto con los actos del propio Madrid como con fotografías de lo ocurrido en Granada. Gracias a la prensa madrileña y los encargos que hicieron a los fotógrafos granadinos Torres Molina y Henares podemos conocer con detalle aquella interesante información gráfica. Sólo faltó una grabación cinematográfica para rematar la faena.
El domingo 29 El Defensor dedicaba su primera página a saludar el regreso de Ángel Ganivet a casa. Lo hacía con un editorial titulado “El pensador vuelve… Nuestro homenaje”. Incluía una crónica de Fabián Vidal; un recorrido ilustrado por la casa de la Cuesta de los Molinos, el monumento y la fuente del Avellano, con dibujos de Garrido del Castillo. También escribían Antonio Gallego Morel y Natalio Rivas, como principales impulsores de la repatriación.
El rector declaró el lunes 30 como día no lectivo e instó que estudiantes de todos los niveles asistieran al recorrido por las calles de Granada. El programa oficial del domingo 29 y lunes 30 estuvo preñado de actividades. Una comisión ciudadana se desplazó hasta Moreda a recibir el tren a su entrada a la provincia. Desde la Estación del Sur fue conducido el ataúd por rigurosos turnos: desde el vagón hasta la Caleta, los señores que habían ido a Moreda; desde la Caleta a San Juan de Letrán, los periodistas; hasta la Cruz Blanca, la Juventud de Acción Cultural; hasta la Plaza de Toros, la Cámara de Comercio; la calle San Juan de Dios fue para los estudiantes del Instituto; San Jerónimo para los universitarios; siguieron los catedráticos universitarios; los del Centro Artístico por Mesones; y en la Plaza del Carmen se hicieron cargo los concejales. El sarcófago fue depositado en el salón de plenos del Ayuntamiento. Aquí se le estuvo velando hasta la mañana siguiente. También fueron colocadas bastantes coronas de flores que venían llenando el vagón por desde que entró en España: de San Sebastián, Irún, Ayuntamiento de Madrid, colegio consular, de la familia Ganivet, etc.
Las asociaciones y corporaciones celebraron veladas de tipo literario. Una de las más sobresalientes fue la del Centro Artístico, en la que hablaron Nicolás María López, José Navarro, José Ruiz de Almodóvar y Guillermo Sánchez Aguilera. También el Rectorado tuvo su protagonismo
Las asociaciones y corporaciones celebraron veladas de tipo literario. Una de las más sobresalientes fue la del Centro Artístico, en la que hablaron Nicolás María López, José Navarro, José Ruiz de Almodóvar y Guillermo Sánchez Aguilera. También el Rectorado tuvo su protagonismo.
La comisión organizadora solicitó que la gente aportara flores para depositarlas en su tumba. El entierro fue organizado como era habitual, el último responso en la iglesia de Santa Ana antes de enfilar la Cuesta de Gomérez camino del cementerio. La comitiva se detuvo ante el monumento del bosque alhambreño, donde el director de El Defensor (Constantino Ruiz Carnero) pronunció un discurso. También habló el cuñado de Ganivet en nombre de la familia, Francisco López Siles. Aquí se despidió el duelo oficial y se pidió al gentío que no inundara el cementerio. El doctor y amigo de juventud Fermín Camacho procedió a verificar la autenticidad de la momia; todavía se notaba el prognatismo de su mandíbula, la barba y el pelo negros, la rotura de un hueso de la pierna y el abrigo con que se ahogó y fue enterrado en Riga.
Todos esos momentos vividos en Madrid y Granada fueron reflejados los días siguientes por la prensa gráfica madrileña. Reproduzco a continuación algunas de aquellas instantáneas.
Panteón prometido y nunca construido
El alcalde granadino Antonio Díez de Rivera y Muro dijo que se había metido el cadáver en aquella tumba del suelo porque el sarcófago no cabía en un nicho. Se aprovechaba aquella circunstancia para que, en su día, “sobre ella pueda erigirse el mausoleo que la dedicaremos a Ganivet. El mausoleo se costeará por suscripción nacional, puesto que Ganivet fue un gran español”. El pomposo entierro y los discursos duraron tres horas.
Más o menos lo que el viento tardó en llevarse las palabras del alcalde. Desde entonces, solamente personas o instituciones como el Centro Artístico suelen acudir a depositarle flores y a adecentar la tumba prestada.
Su recuerdo está hoy prácticamente desaparecido de la cultura española. Apenas hay referencias a él en los libros de texto. Al menos en Granada se le colocó otro azulejo en el molino, en 1965, con motivo del centenario de su muerte
Su recuerdo está hoy prácticamente desaparecido de la cultura española. Apenas hay referencias a él en los libros de texto. Al menos en Granada se le colocó otro azulejo en el molino, en 1965, con motivo del centenario de su muerte. La Diputación se hizo con la casa-molino y le da uso cultural. No así la institución que creó con el nombre Centro de Estudios Etnológicos Ángel Ganivet (1990-2003).
Tampoco queda claro si el número 15 actual de la calle San Pedro Mártir fue el molino donde nació, o la casa reconstruida número 13. El edificio del 15 lleva con su restauración parada ya una década. Parece que pronto se va a reanudar. Hay un azulejo dando vueltas sin saber dónde pegarlo.
A las generaciones jóvenes les sueña Ganivet sólo como nombre de un instituto o colegio. Y como una de las calles de moda para tomar copas. El trazado y el nombre fueron responsabilidad exclusiva de Antonio Gallego Burín, al igual que la mayor parte del empeño para repatriarlo. Si Ángel Ganivet ─que tenía sus rarezas─ levantara la cabeza, no estoy seguro de que le gustara ver su nombre bautizando esta calle. A lo mejor le hubiese gustado Manigua, Campillo o Cervantes, como se llamaba la zona antes reordenarla.
Sería todo un detalle que Emucesa, heredera y beneficiaria del antiguo servicio municipal del cementerio, se hiciera cargo de levantarle el panteón prometido.
El reportaje de referencia por Gabriel Pozo Felguera: