'Disputar el presente para ganar el futuro'

Blog - Sacando punta - Ignacio Henares - Lunes, 23 de Febrero de 2026
Emilio Delgado, Sarah Santaolalla y Gabriel Rufián.
Emilio Delgado, Sarah Santaolalla y Gabriel Rufián.

“No nos vencerán las dificultades sino nuestra propia resignación”. Willy Brandt.

La izquierda ante la tesitura del mínimo común múltiplo o el máximo común divisor

La izquierda ha mostrado una habilidad casi artesanal para discutir el perímetro exacto de sus matices mientras la derecha se caracteriza por dibujar los trazos gruesos de un mapa entero. No es un problema nuevo. Es, de hecho, un clásico de nuestra historia política: la tensión permanente entre identidad y eficacia, entre coherencia interna y capacidad de gobierno.

Resulta paradójico en la política europea, España en esto tampoco es diferente, que la izquierda debata con pasión la fórmula para “la conquista de los cielos” mientras la derecha nos lleva al infierno con una claridad estratégica casi quirúrgica, orillando sus diferencias. En algunas ocasiones hasta llegar al ridículo, simbolizado recientemente por los vaivenes de la presidenta de Extremadura, que lo ha elevado a la máxima potencia cuando ha expresado que compartía “el mismo feminismo de Vox”.

No, no es que carezcan de diferencias internas, sino que han decidido que su prioridad es otra: ocupar todo el poder, todos los poderes, y consolidarlos. Y ese cemento, aunque haya que repartirlo y compartirlo, une mucho.

En el espacio progresista, el debate identitario tiende a convertirse en existencial

En el espacio progresista, en cambio, el debate identitario tiende a convertirse en debate existencial. Las diferencias programáticas, legítimas y necesarias, se sobredimensionan hasta adquirir rango de frontera moral. Y, mientras tanto, buena parte del electorado observa con una mezcla de desconcierto y fatiga.

Aquí es donde la metáfora matemática adquiere sentido. La izquierda suele operar bajo la lógica del máximo común divisor: aquello que separa, lo que define la diferencia más pura. Pero gobernar exige pensar en términos de mínimo común múltiplo: aquello que, compartido, multiplica capacidad institucional y base social. No se trató, no se trata  ahora, de diluir identidades, sino de jerarquizar prioridades.

Conviene recordar un dato básico: el primer gobierno de coalición de la democracia reciente, encabezado por Pedro Sánchez, no nació de la afinidad plena, sino que fue fruto de la aritmética parlamentaria y de una voluntad política que arrancaba de la inconveniencia de la otra alternativa, (como algún despistado y/o intruso sigue defendiendo en la actualidad): dejar gobernar a la derecha ‘menos mala’, la derecha moderada y útil que anunció Feijóo cuando descabalgaron a Fra-Casado. El acuerdo entre el PSOE y Unidas Podemos primero, y más tarde con Sumar, como actor central del espacio a la izquierda de los socialistas, permitió articular una mayoría que ha sacado adelante reformas de gran calado: la subida sostenida del salario mínimo, la reforma laboral pactada con sindicatos y patronal, el despliegue del escudo social durante la pandemia, la revalorización de las pensiones conforme al IPC…

El balance de lo logrado y las expectativas sobre el futuro de la coalición  pueden diferir pero lo relevante es que ha permitido gobernar en una línea opuesta al neoliberalismo y a la tendencia al desmantelamiento de los servicios públicos

El balance de lo logrado y las expectativas sobre el futuro de la coalición  pueden diferir pero lo relevante es que ha permitido gobernar en una línea opuesta al neoliberalismo y a la tendencia al desmantelamiento de los servicios públicos. Y, si quitamos el ruido, las voces y los bulos, no es que España no se haya roto ni se haya hundido, sino que al contrario se ha convertido en una referencia internacional, en un modelo a seguir. En términos macroeconómicos estamos, de manera objetiva, infinitamente mejor que cuando el guiñol del más tonto del trío de las Azores repetía “España va bien”.

El Partido Popular y Vox se disputan la hegemonía de la derecha pero sin hacerse daño entre ellos, sino sumando arietes desde el ámbito judicial, económico, político y mediático contra ‘el enemigo común’, contra los amigos de los herederos de ETA, los independentistas catalanes, los peligrosos bolivarianos…

No nos confundamos, allí donde los números lo permitan, las derechas van a pactar. Allí donde las diferencias incomoden, se aplazan. No porque compartan una identidad monolítica, sino porque comparten una prioridad: desplazar el eje político y consolidar una agenda conservadora que incluye recentralización competencial, privatización de los servicios públicos, revisión de políticas de memoria democrática o retrocesos en igualdad de género. El resultado no es solo aritmético: es cultural. Ellos sí que son auténticos herederos de los que dieron el golpe en el 36 y ganaron la guerra, aunque se sienten perdedores del periodo democrático más amplio que ha disfrutado España y creen que se ha ido demasiado lejos en el Estado del Bienestar y en derechos civiles y sociales.

La cuestión de fondo no es si existen diferencias estratégicas entre las fuerzas de izquierda, las hay, (y sería preocupante que no existieran), sino qué lugar ocupan en la escala de prioridades

La cuestión de fondo no es si existen diferencias estratégicas entre las fuerzas de izquierda, las hay, (y sería preocupante que no existieran), sino qué lugar ocupan en la escala de prioridades. Dicho de manera clara, lo importante ahora ya no es defender qué izquierda y pelearse por quién se queda con las esencias, sino luchar juntos, aunque no revueltos, contra el fascismo y, de nuevo le toca a la izquierda apechugar con la tarea de defender y sostener la democracia.

Ese mínimo común podría articularse en torno a tres ejes: defensa de los servicios públicos, ampliación de derechos civiles y sociales, y seguridad económica para las clases medias y trabajadoras en un contexto de transición ecológica, y modernización digital. Y convertir el derecho a la vivienda digna en el quinto pilar del Estado del Bienestar, junto a la educación, sanidad, servicios sociales y las pensiones.

No debe verse como un programa cerrado, sino como un perímetro común. Es nada más, y nada menos, lo que las bases de los partidos políticos intentan hacer cada día, partiéndose la cara, (en algún caso de manera literal), contra los que dice que “no son de derechas ni de izquierdas”, (ahora ampliado con) “yo lo que quiero es que se vaya Pedro Sánchez” o contra los ignorantes que afirman que con Franco se vivía mejor y reniegan de la democracia. Me remito al pregón de Carnaval de Cádiz que ha hecho Manu Sánchez para no extenderme en este asunto.

Tenemos que se conscientes que la ciudadanía no vota para asistir a debates internos, sino para que se gestionen sus problemas

Tenemos que se conscientes que la ciudadanía no vota para asistir a debates internos, sino para que se gestionen sus problemas. Para frenar el avance conservador, no hay que renunciar a la pluralidad, sino ordenarla. Y entiendo que es muy difícil con tanto #tontodelbulo y tanto ‘tonto pollas’ como abunda, pero estamos obligados a no resignarnos y a dar la batalla, contra “los otros”, en el café, en el trabajo, en el comedor de casa o en la parroquia, aunque en muchos casos nos quedemos en minoría.

En definitiva, la alternativa es clara: o la izquierda construye un mínimo común que multiplique, o insiste en un máximo común que divida. En política, cuando unos suman y otros se fragmentan, el resultado rara vez es neutro. Lo han expresado Rufián (ERC) y Delgado (Más Madrid) esta semana para el ámbito de la atomizada izquierda a la izquierda del PSOE, de manera clara, y en la cumbre del movimiento Sumar. En mi opinión esta lógica política y matemática debe completarse con un pacto de no agresión y de suma estratégica, también con los socialistas, con todos los socialistas.

Ahora bien, no es solo cuestión de aritmética ni de ejercicios sociológicos. Sin diluir los proyectos ni uniformizar discursos, se trata de dar la batalla contra el enemigo común en lugar de especular con arañar votos dentro del bloque. ¿Es más relevante la competencia por el liderazgo simbólico del espacio o la consolidación de una mayoría social primero y luego parlamentaria que blinde el Estado del Bienestar? ¿Es más urgente ajustar cuentas internas o articular un relato común en defensa de la democracia social frente a la motosierra neoliberal? Pues si sabemos el qué, vamos a ver el cómo, sin pisarnos la manguera.

Porque esa es la disputa real: el modelo de sociedad futuro. De un lado, la la defensa de lo público, un Estado activo, redistributivo y garante de derechos. Del otro, la apelación a un mercado desregulado, a la reducción fiscal como dogma y a una concepción restrictiva de los derechos civiles. Y para colmo unas derechas negacionistas o retardistas de la lucha contra el cambio climático.

Estos imitadores baratos de Trump y Milei no son la alternancia saludable en una democracia sino un ataque salvaje a los cimientos de nuestra sociedad y al modelo que surgió después del desastre de dos guerras mundiales libradas en el corazón de la vieja Europa

Si las fuerzas progresistas no son capaces de construir una arquitectura estable de cooperación, el riesgo no es únicamente perder las próximas elecciones. Es permitir que el marco conservador se convierta en sentido común. Y cuando eso ocurre, revertirlo exige décadas. Porque estos imitadores baratos de Trump y Milei no son la alternancia saludable en una democracia sino un ataque salvaje a los cimientos de nuestra sociedad y al modelo que surgió después del desastre de dos guerras mundiales libradas en el corazón de la vieja Europa.

En política, como en matemáticas, hay operaciones que suman y operaciones que dividen. La cuestión es cuál se elige cuando el resultado afecta al conjunto del país. Quizá por eso convendría recordar una obviedad que en política suele olvidarse: las mayorías no se heredan, se construyen. Y se construyen no desde la comodidad de la trinchera propia, sino desde la incomodidad productiva del acuerdo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Ignacio Henares

Ignacio Henares Civantos es biólogo de bata, de bota, y de gabinete. Máster (de los de verdad) en Gestión del Medio Ambiente y del Agua por la Universidad de Granada. Desde 1989 es funcionario, técnico del cuerpo superior facultativo de la Junta de Andalucía donde ha desempeñado varias tareas en las Consejerías de Agricultura y Pesca y de Medio Ambiente. Durante quince años ha sido el conservador del parque nacional y natural de Sierra Nevada. En la actualidad trabaja como asesor técnico en el departamento de Sanidad Vegetal a la vez que es profesor externo de la Universidad de Granada en el Master de Conservación y Restauración de la Biodiversidad.

Escritor de numerosos artículos sobre medio ambiente y cambio climático en los últimos años ha concentrado su tarea de divulgador en Sierra Nevada, siendo coautor de varios libros sobre biodiversidad así como más de 150 artículos en el periódico Granada Hoy agrupados en diferentes series: “Sierra Nevada, Paraíso de Biodiversidad”, “La Huella del Cambio Global” , “Sierra Nevada, Montaña de Oportunidades” y la última que estuvo dedicada a “Sierra Nevada, Paisaje y Paisanaje”, una aproximación al parque nacional y natural de Sierra Nevada a través de ‘nombres propios’. Desde hace un año escribe en este mismo periódico una serie de divulgación de temas marinos bajo el título de “La mar de biodiversidad”.

En el último congreso regional fue elegido miembro de la ejecutiva del PSOE de Andalucía como secretario de Transición Energética y Acción Climática en el Área de Transición Ecológica Justa.