La luz libera la esencia de la flor

Si tu frescura a veces nos sorprende tanto
dichosa rosa,
es que en ti misma, por dentro,
pétalo contra pétalo, descansas.
Rainer María Rilke
La flor ejerce una atracción poderosa en la mirada, seduce e induce a la ensoñación, quizá se intuya en ella el Paraíso perdido. Es la flor un punto de conjunción entre la razón y la fantasía, pues en su abrazo luminoso desvela irisaciones tonales escondidas en el seno de la luz, inundando la mirada, sirviendo de vía hacia espacios de libertad imaginativa. La flor aparece como símbolo de fertilidad, de esplendor de la vida, belleza perfecta en sus formas geométricas, marcada por la singularidad caprichosa.
Marianne van Roode, pintora holandesa afincada en Granada desde 1995, propone una obra de gran contenido conceptual, que juega con el orden y descomposición, la compleja perfección, creada según un diseño lógico, y el mundo oculto que en su interior encierra, libre de ataduras geométricas y de la gravidez de la razón, navegando por los flujos cromáticos hacia formas aleatorias, insinuantes, que descansan en su final en la evocación inconsciente. Es un proceso de fuga hacia las umbrías de la realidad, descubriendo asombros ante escenarios descubiertos, paseo por los campos libres del pensamiento, conectando con afectos, recuerdos y sensaciones, sin definición posible.
Propone tres series de piezas, comenzando por aquellas en la que muestra la rotundidad de la imagen floral, para continuar con una inmersión en el seno de su fantasía, en las sugerencias que sus efluvios ofrecen
Propone tres series de piezas, comenzando por aquellas en la que muestra la rotundidad de la imagen floral, para continuar con una inmersión en el seno de su fantasía, en las sugerencias que sus efluvios ofrecen. Descubre una figuración caprichosa, en los detalles que su minúscula dimensión vela. Tras este tránsito logra penetrar en el cosmos de la irrealidad, paseando por ellos imágenes que sus emociones encierra. Al final concluye en un encuentro de la realidad con lo velado y emociones íntimas, significando la flor el punto de ida y retorno, hacia la irrealidad y los objetos que sustentan la existencia.
Descansan estas ideas en una producción estética concluida con rotundidad, sin grandes veleidades tonales, sino con un cromatismo suave, intimista, impreso en trazos poderosos, casi liberados de la mano de la artista.
Es una obra sugerente la expuesta por Marianne van Roode, de calidad reflejada e inteligente composición.


















