Las mil y una ‘Rendición de Granada’ (y la copia que pudo ser y no fue)

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El magno cuadro de Francisco Pradilla fue el más alabado como escena historicista a finales del XIX y principios del XX
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Ha sido el más reproducido de la historia española de la pintura, en tela, madera, postales, bandejas de oro y plata, cajas y puzles
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El Granada sólo hay dos copias medianas: el Ayuntamiento no contesta al regalo de una réplica monumental que la hacía el Centro Artístico
De una u otra forma, para Granada lleva ya casi un siglo y medio siendo todo un símbolo
Muy poco se puede añadir a lo ya publicado sobre la calidad de esta obra. Comparable con el cuadro de la Rendición de Breda o las Meninas. Desde que fue acabado y hasta bien entrado el siglo XX fue colocado en el vértice de la pirámide de la pintura histórica española. Arte tan de moda y fomentada desde los poderes públicos de entonces. Luego empezó a ser relegado, en los albores del revisionismo histórico, padre de la posterior cancelación que ahora se quiere imponer desde determinados sectores políticos y sociales. Aunque volvió a cobrar fuerza de nuevo en el franquismo. De una u otra forma, para Granada lleva ya casi un siglo y medio siendo todo un símbolo.
La idea de pintar una escena tan aparatosa surgió del entonces presidente del Senado, Manuel García Barzanallana, en pleno auge de la restauración borbónica
La idea de pintar una escena tan aparatosa surgió del entonces presidente del Senado, Manuel García Barzanallana, en pleno auge de la restauración borbónica. Lo encargó el 13 de agosto de 1878 a Francisco Pradilla y Ortiz (1848-1921). El artista aragonés había destacado como dibujante en La Ilustración Española, pero sobre todo empezó a despuntar tras El rapto de las Sabinas (1874) y Doña Juana la Loca (1878), con el que obtuvo la medalla de honor de la Exposición Nacional de Bellas Artes de Aquel año. Es, al igual que la Rendición de Granada, de enormes proporciones. La remuneración económica era muy importante para le época, 25.000 pesetas (más de veinticinco veces el sueldo anual de un maestro es escuela).
Francisco Pradilla abandonó su estancia en Roma durante varios meses para viajar a Granada, Marruecos, Toledo y Madrid a documentarse. Indagar en la realidad histórica, las armas, las vestimentas, retratos de los principales personajes, caras de musulmanes en el Norte de África
Francisco Pradilla abandonó su estancia en Roma durante varios meses para viajar a Granada, Marruecos, Toledo y Madrid a documentarse. Indagar en la realidad histórica, las armas, las vestimentas, retratos de los principales personajes, caras de musulmanes en el Norte de África. En la Capilla Real y la Catedral copió retratos de los Reyes Católicos, dalmáticas, cetro, corona. Buscó localizaciones para ubicar la escena, como hoy hacen los directores de cine para sus películas. Decidió situar el hecho histórico en la explanada del Violón, al lado de la ermita de San Sebastián. Ahí ubicó el traspaso de poderes de la dinastía nazarita vencida y la entrega del reino a los cristianos. Esa decisión sobre el escenario fue suya; pero no el hecho de incluir en la escena a la reina Isabel, a la princesa Isabel, el infante Juan y personajes religiosos; ellos no participaron en la Toma de la ciudadela la madrugada del 2 de enero 1492. Ni tampoco se produjo una ceremonia a campo abierto, sino que fue dentro de la Alhambra. En realidad, esa escena es una mentira histórica impuesta por el Senado y por el propio autor. La ficción del cuadro y su propuesta han suplantado a la realidad histórica en el conocimiento de las generaciones posteriores.
No se les ocurrió granadinizarlo con el concepto de Toma. Quizás por la connotación que lleva de término guerrero más que de traspaso de poder
El pintor ya se fue de Granada en dirección a su estudio de Roma con infinidad de apuntes y bocetos. Tenía muy claro qué y cómo contar su historia. O sus historias. Más tarde lo explicaría en su carta de entrega del trabajo acabado. Lo que no se tuvo claro desde el principio era el título de la pintura. Se empezó barajando El adiós de Boabdil. Más tarde surgió el de La entrega de las llaves. Para acabar en La Rendición de Granada. No se les ocurrió granadinizarlo con el concepto de Toma. Quizás por la connotación que lleva de término guerrero más que de traspaso de poder.
De cómo Pradilla explicaba su cuadro
El 13 de junio de 1882 escribió Pradilla al Marqués de Barzanallana (Manuel García Barzanallana, presidente del Senado entre 1876 y 1881). Le anunciaba que ya lo había remitido desde Roma a Madrid. Describió las características con que había concebido la obra: una composición en sentido realista, que no excluye la poesía y grandeza con que se nos presenta envuelta la historia.
Presenta a los tres reyes como los más visibles ante el espectador. A ello contribuyen también las respectivas notas de color: blanco-azul-verdastro para la reina y su caballo; rojo el rey Fernando; y negro el rey Chico.
Lo explicaba como una composición en semicírculo en la que se despliega el ejército cristiano, paralelo al camino. En medio del semicírculo están situados los caballeros, guardando en medio a las damas de la Reina. Isabel y sus dos hijos mayores están situados delante, con los pajes y reyes de armas a los lados. El Rey Chico avanza por la carretera, a caballo hasta la presencia de los Reyes, haciendo ademán de apearse. El rey Fernando le contiene. Con Boabdil vienen a pie, según las Capitulaciones, los caballeros de su casa. Presenta a los tres reyes como los más visibles ante el espectador. A ello contribuyen también las respectivas notas de color: blanco-azul-verdastro para la reina y su caballo; rojo el rey Fernando; y negro el rey Chico.
El primero por la derecha es un rey de armas (heraldo) a tamaño natural, figura voluminosa que a algunos parece excesiva a causa del sayal y dalmática que la cubren. Después está el paje de la Reina sujetando el caballo blanco; al estar pifiando, da movimiento a la escena. La Reina luce brial de brocado verde gris, forrado de armiños, manto de azul y oro, y corona de plata dorada de la Capilla Real. Detrás está su hija Isabel, de luto, viuda reciente del rey de Portugal, que monta mula baya. Junto a ella, el Príncipe Juan sobre caballo blanco y coronado de diadema. El Rey monta un potro andaluz, cubierto de paramentos de brocado. Su paje contempla, lleno de admiración, al rey Chico.
Detrás están Torquemada y varios prelados. En ese grupo están el Conde de Tendilla (con armadura) montando un potro español; el maestre Gutierre de Cárdenas sobre potro negro; Gonzalo Fernández de Córdoba, que conversa con una de las damas; el marqués de Medina Sidonia y varios caballeros más. Todos ellos fueron copiados de retratos existentes.
Enfrente, Boabdil llega al trote sobre su caballo negro, árabe de pura sangre. Avanza y sale de la carretera, inclinándose para saludar a Fernando y entregarle las dos llaves que traía el paje negro que guía el caballo; camina inclinado, confundido ante la grandeza de los reyes cristianos
Como forillo de la Reina colocó unos cipreses para destacarla. (Esos cipreses continuaron existiendo hasta que fue construido el Palacio de Congresos).
Enfrente, Boabdil llega al trote sobre su caballo negro, árabe de pura sangre. Avanza y sale de la carretera, inclinándose para saludar a Fernando y entregarle las dos llaves que traía el paje negro que guía el caballo; camina inclinado, confundido ante la grandeza de los reyes cristianos. Los caballeros moros vienen a pie detrás de Boabdil; parecen encontrarse poseídos en semejante trance, aunque contenidos.
Trompeteros y timbaleros en el ala del ejército cristiano que se divisan a lo lejos entre las figuras de Boabdil y Fernando
Trompeteros y timbaleros en el ala del ejército cristiano que se divisan a lo lejos entre las figuras de Boabdil y Fernando. Aparece por la izquierda un alero de la mezquita de San Sebastián, los chopos indican el curso del río Genil, que no se ve por correr profundo. La Antequeruela trepa al fondo del todo, delante de Torres Bermejas y la Vela, que con parte de los adarves era lo único que se divisaba de la Alhambra desde ese punto.
Añadía Pradilla en su explicación que eso era lo que él había incluido en el cuadro, aunque la gente decía que veía más cosas. “Creo haberlo compuesto con la mayor sobriedad posible, dada la complicación del asunto”. Hoy añadiríamos algo más a la descripción de su autor. Diríamos de él que era un gran escenógrafo, como demostró en el montaje que hizo físicamente en el lugar (Ver: Un catedrático dio vida a Boabdil en el cuadro la 'Rendición de Granada).
El cuadro es una ventana a la Historia del Reino de Granada y del fin de la edad media española. El autor maneja ya un lenguaje pre-cinematográfico, con movimiento de masas y trávelin
El cuadro es una ventana a la Historia del Reino de Granada y del fin de la edad media española. El autor maneja ya un lenguaje pre-cinematográfico, con movimiento de masas y trávelin. Se podría decir que estaba pintando el storyboard de una superproducción de cine. Los primeros planos del cuadro, liberados de elementos, dirigen la mirada hacia la zona central, donde se desarrolla la trama y continúa en el paisaje y el celaje del fondo, donde se fuga la mirada. La perspectiva y profundidad la acentuó, además, con rodadas de carros sobre el barro del camino.
Fernanflor y su terrible “destrozo” de la obra
Solamente destacó una única crítica en prensa entre todo lo publicado en los siguientes meses a su exhibición. La protagonizó el director del periódico El Liberal, Isidoro Fernández Flórez, Fernanflor. La repartió en cinco entregas durante los días 7, 14, 21 y 28 de mayo y 1 de junio de 1883. Empezaba justificando la tardanza en comentar el cuadro por no haber querido romper la euforia que había en España acerca de la calidad y significado de la escena. Ni correr el riesgo de que le partieran la cara por la calle. En sus cinco entregas hacía una serie de consideraciones en muchos casos bastante lógicas y profundas, con conocimiento de causa; en otras se veía traslucir su ideología anticatólica y antimonárquica.
Cabe destacar de la crítica de Fernanflor su insistencia en que no era comparable la composición de Pradilla con el cuadro de 'Las Lanzas' de Diego Velázquez ni con el 'Testamento de Isabel la Católica', de Eduardo Rosales (1864), a los que consideraba muy superiores
Cabe destacar de la crítica de Fernanflor su insistencia en que no era comparable la composición de Pradilla con el cuadro de Las Lanzas de Diego Velázquez ni con el Testamento de Isabel la Católica, de Eduardo Rosales (1864), a los que consideraba muy superiores.
Fernanflor, a la chita callando, puso el cuadro como chupa de dómine. Entresaco algunas conclusiones de su larguísima crítica:
-Al rey Chico parece haberlo presentado más chico. Tiene el brazo recogido, como si quisiera no entregar las llaves. Tenía que haber mayor acompañamiento de moros, pues la comitiva nazarita no da idea de la realidad de lo que fue la corte granadina. Parece que habían derrotado a un ejército de pobres y homosexuales.
-Los personajes principales no ocupan el centro de la escena. Hay un heraldo en primer plano, a tamaño natural, que les come el espacio. Este heraldo no tiene relieve en su cara, sus piernas son demasiado cortas. Sólo llama la atención por la dalmática tan detallada. Incluso su pelo parece cerdas.
-El cuadro, en general, parece una viñeta como las que pintaba Pradilla de joven en La Ilustración que, con colores, adquiere un final de ópera.
Advierte del error histórico de incluir a Isabel en la entrega, pues se sabe que no fue así. Aunque comprendía que su presencia había sido impuesta por el encargo del Senado
-Advierte del error histórico de incluir a Isabel en la entrega, pues se sabe que no fue así. Aunque comprendía que su presencia había sido impuesta por el encargo del Senado.
-Presenta a Isabel en un plano inferior y empequeñecida, cuando jugó el papel principal en la operación. Compara su pequeña figura con la excesiva el heraldo de primer plano. Isabel debería haber tenido proporciones heroicas, que le es arrebatada por el paje. La Reina, además de empequeñecida, no tiene carácter. Tendría que ser más severa, hermosa, que llevase marcada la majestad en su rostro. Su mirada está perdida, fijada en el espacio. Ni tan siquiera tiene bien ceñida la corona.
-El cuadro es una apoteosis sin héroe, al contrario que ocurre en Las Lanzas, donde el vencedor y el perdedor destacan sobre el resto de los personajes.
Advierte del error histórico de incluir a Isabel en la entrega, pues se sabe que no fue así. Aunque comprendía que su presencia había sido impuesta por el encargo del Senado
-Los infantes tienen la pupila en alto, miran extrañamente, sin emoción.
-Las cabezas de los caballos no están bien acabadas, pero llaman más la atención que las de los reyes. No hay en todo el cuadro una cabeza de primer orden.
-Están demasiado detalladas las figuras de segundos términos. La distancia entre figura y figura no resulta convincente. Los Reyes Católicos parecen más reyes liliputienses. Los pajes parecen cantantes de ópera disfrazados.
-En resumen, es una obra carente de sentimientos.
El cuadro más alabado del XIX
La Rendición de Granada fue todo un éxito y causa de admiración en cuando lo enseñó acabado a la colonia artística en Roma, donde lo había materializado. Le organizaron comidas de homenaje y agasajos. Los periódicos prepararon el terreno para cuando fue colocado en la sala de conferencias del Senado y expuesto al público. Fue destapado el 16 de junio de 1882. Todo Madrid hizo cola para verlo. Se empezaba a hablar ya de que era la mejor pintura de tipo historicista de todo el siglo XIX. Incluso más que el alabado antecedente de la Reina Juana trasladando el cadáver de Felipe el Hermoso a Granada. Curiosamente, aquellas dos pinturas tan destacadas también tenían a Granada como trasfondo histórico.
El rey Alfonso XII y sus cortesanos organizaron una visita para ver la imponente escena. La afluencia de visitantes fue reflejada en un dibujo, a doble página, en la revista La Ilustración Española y Americana. Para quienes no eran de Madrid. Inmediatamente los laboratorios fotográficos empezaron a hacer postales. Pero no había punto de comparación, una fotografía pequeña en blanco y negro no era capaz de trasmitir, ni por aproximación, la grandeza del cuadro de Pradilla. Hubo unos libreros más osados que se atrevieron a hacer copias fotográficas de 115x90 centímetros, que se vendían por la fortuna de 25 pesetas. Fueron los antecedentes de los pósteres actuales.
El inmenso lienzo no llegó a figurar en ninguna exposición de carácter nacional, pero gustó tanto que el Senado decidió premiarlo con el doble de lo que fue contratado cuatro años atrás: las 25.000 pesetas iniciales se convirtieron en 50.000 para Pradilla
El inmenso lienzo no llegó a figurar en ninguna exposición de carácter nacional, pero gustó tanto que el Senado decidió premiarlo con el doble de lo que fue contratado cuatro años atrás: las 25.000 pesetas iniciales se convirtieron en 50.000 para Pradilla. También llevó aparejada la concesión de la medalla de Isabel la Católica por parte de Alfonso XII.
Muy pronto surgió una discusión en el Senado sobre si prestarlo para la exposición de Múnich, de 1883, o impedir que saliera de allí. Finalmente se permitió que fuese a que los centroeuropeos también lo contemplaran. Pradilla tuvo que comprometerse a restaurarlo en caso de que sufriera algún daño. En 1889 también fue llevado a la Exposición Universal de París. Pero ya para entonces empezaba a decaer en Europa el gusto por la pintura histórica y las nuevas modas incluso lo criticaban. Las ideas políticas republicanas y anarquistas despreciaban este tipo de pintura, peor aún si había monarcas de por medio.
A pesar de todo, España y su restauración monárquica iban con retraso. La Rendición de Granada continuó siendo un símbolo. Para Granada, se afianzaba como el embajador pictórico de su historia cristiana.
Reproducido hasta la saciedad
La minuciosidad con que Francisco Pradilla acometió cada uno de los detalles del cuadro no se pueden captar si no se ve personalmente el original del Senado. Se perciben perfectamente las texturas de las telas, el pelaje de las caballerías, las ramas de los cipreses. Incluso los diferentes tonos de piel sueve en caras de mujeres y curtidas al sol en las de los guerreros.
El inmenso lienzo no llegó a figurar en ninguna exposición de carácter nacional, pero gustó tanto que el Senado decidió premiarlo con el doble de lo que fue contratado cuatro años atrás: las 25.000 pesetas iniciales se convirtieron en 50.000 para Pradilla
A pesar de que los medios técnicos de 1882 impedían hacer reproducciones para quienes no podían asistir al Senado, inmediatamente surgió el deseo en los editores de divulgar la potencia de la obra mediante grabados y fotografías. En blanco y negro, porque todavía no había llegado el color a la imprenta. También surgió el deseo de algunos pudientes de tener copias por pintores noveles, como era habitual entre los aprendices del Museo del Prado. El mismo autor Pradilla recibió encargos de hacer copias; hizo al menos dos, pero siempre reducciones. También pidieron autorización otros pintores para montar sus caballetes delante y acometerlas de menor tamaño. Ese fue el caso del pintor granadino Diego Marín López (1865-1917), que lo copió en seis meses por encargo del Ayuntamiento de Granada.
La euforia hizo que aparecieran los primeros pósteres fotográficos, de más de un metro de anchura y a precios bastante caros. Los demandaban ayuntamientos e instituciones
La euforia hizo que aparecieran los primeros pósteres fotográficos, de más de un metro de anchura y a precios bastante caros. Los demandaban ayuntamientos e instituciones. Por supuesto que las casas impresoras de postales hicieron infinidad de tiradas, en blanco y negro hasta mediado el siglo XX. También se sumaron orfebres a hacer sus paneles en metales nobles. El cuadro de la Rendición fue utilizado para cubiertas de cajas, arquetas, etc. Veamos algunos de los ejemplos más sobresalientes de las copias, todas reducidas, que han proliferado en estos 143 años de existencia. Curiosamente, en Granada sólo hay dos reducciones en edificios públicos.
Así mismo, existe otra copia notable en un convento de la ciudad alicantina de Orihuela.
Propuesta de copia del Centro Artístico
El Ayuntamiento, es decir, la ciudad de Granada, podría tener ahora la primera y única réplica de la Rendición de Granada a tamaño real. Y no la tiene por insensibilidad, desidia, ineptitud… de los dos últimos equipos de gobierno. El del socialista Francisco Cuenca y el de la popular Marifrán Carazo. Sin coste alguno para las arcas municipales. A ambos les fue propuesta su donación por el Centro Artístico y ninguno ha tenido la educación de responder. En uno u otro sentido.
La oferta era muy sencilla: la regalaban al Ayuntamiento una copia del cuadro de Francisco Pradilla con la única condición de que se colocara en el paramento de la gran escalera de subida a la Alcaldía
La historia de esta réplica no nata comenzó hace unos cuatro años. La presidenta, el vicepresidente del Centro Artístico y el pintor se dirigieron a la concejala de Cultura para exponerle la iniciativa y el proyecto. La oferta era muy sencilla: la regalaban al Ayuntamiento una copia del cuadro de Francisco Pradilla con la única condición de que se colocara en el paramento de la gran escalera de subida a la Alcaldía y que podría sustituir al allí colocado desde tiempo inmemorial de título A las fieras. Episodio de la historia antigua de Roma.
Se argumentaba que presenta aspecto nada adecuado a tan significado emplazamiento. Es una obra oscura, triste, lúgubre y hasta tenebrosa. Además, la temática que representa ese enorme lienzo nada tiene que ver con Granada ni aún con España. Ni siquiera su autor (que podría ser una justificación). La obra en cuestión A las fiera”, de 3 x 5 metros, narra una escena de la historia antigua romana. El cuadro es propiedad del Museo del Prado y llegó a Granada allá por 1887, cedido como depósito en la operación “Prado disperso”. Su autor fue el pintor gallego Silvio Fernández Rodríguez (1859-1937); lo pintó en Roma en 1887, donde se encontraba pensionado por la Diputación de Orense. El lienzo fue adquirido por el Estado (por 2.000 pesetas) al obtener el tercer premio en la Nacional de Bellas Artes de aquel año. El Museo del Prado no quiso conservarlo en bastidor ni enrollado y lo incluyó en su habitual reparto de esas obras de gran tamaño por provincias.
La oferta era muy sencilla: la regalaban al Ayuntamiento una copia del cuadro de Francisco Pradilla con la única condición de que se colocara en el paramento de la gran escalera de subida a la Alcaldía
El estado de conservación actual de esta obra no es muy bueno, presentando desgarros y abombamientos de la tela, además de oscurecimiento y opacidad de los barnices. El marco es muy pobre (tabla de madera y simple moldura) también muy deteriorado.
Todo ello incrementa ese lamentable aspecto de oscuridad y abandono que presenta el cuadro y que se expande y daña la buena imagen de tan notable emplazamiento cuyo principal cometido debería ser el contrario: ennoblecer y proyectar una imagen y sensación de dignidad al acceso a la Casa Consistorial, donde están las grandes y doradas letras con la leyenda de La Muy Noble… Produce el efecto contrario. No contribuye en nada a dar una buena imagen del senado local.
La propuesta del artista y del Centro Artístico consistía en donar (gratuitamente, sin coste alguno para las arcas) una réplica del cuadro más representativo de Granada a nivel mundial: la Rendición de Pradilla. Colocarla, sustituyendo a las Fieras, como mejor visión iconográfica de la historia de la ciudad. Además de dar mayor luminosidad a la estancia, como una autentica ventana de luz y colorido, abierta al aire libre…
No habría punto de comparación entre la temática, calidad e idoneidad de las dos obras: una vulgar, ignorada por el Prado, frente a otra famosísima, alabada desde siempre y custodiada en el Senado de Madrid como el lienzo de más valor de la casa.
Este debate sobre que Granada cuente con una réplica a igual tamaño no es nuevo
La directiva del Centro Artístico insistía en su propuesta en que así se contribuiría a renovar la imagen con lo más representativo de Granada, más allá de tiempos y creencias. Si en el arte musical es el himno Granada, de Agustín Lara, el mejor símbolo de la ciudad, reconocido unánimemente en todos los confines del orbe, no hay duda de que en pintura el cuadro la Rendición de Pradilla es algo así como el himno visual. Es el icono universal de Granada.
Este debate sobre que Granada cuente con una réplica a igual tamaño no es nuevo. En el seno de la Academia de Bellas Artes Nuestra Señora de las Angustias ya alentaron el asunto hace años los académicos Marino Antequera y Benito Prieto Coussent. El cuadro original de Pradilla y el de las Fieras son de tamaño casi similar, solo tienen unos centímetros de diferencia.
l tiempo estimado para hacer la réplica podría aproximarse a tres años. Y, si no se conseguía el objetivo, siempre quedaba la potestad municipal de no aceptarla cuando estuviera acabada
El pintor comprometido para hacer la copia, profesor de pintura en la Facultad de Bellas Artes, miembro del Centro Artístico, es figura con gran experiencia en obras de grandes dimensiones. Su solvencia y garantía quedaban fuera de toda duda al hojear su currículo. El tiempo estimado para hacer la réplica podría aproximarse a tres años. Y, si no se conseguía el objetivo, siempre quedaba la potestad municipal de no aceptarla cuando estuviera acabada. Adjuntaron un dossier fotográfico comparativo de cómo está el zaguán de la escalera actualmente y cómo quedaría con el nuevo cuadro.
Ignorado y ninguneado por PSOE y PP
Con este dossier y estas razones en la mano, los directivos del Centro Artístico se dirigieron en su día al equipo del socialista Francisco Cuenca. La concejala María Leyva derivó el asunto a su director de Cultura, José Vallejo. De eso hace ya unos cuatro años.
No han tenido la deferencia, ni la educación, de responder si les interesa o no la oferta. Ni afirmativa ni negativamente: Nada. Silencio administrativo
Cambiaron los aires y la corporación municipal, también la presidencia en el Centro Artístico. Estábamos a 20 de septiembre de 2023. Un segundo intento ─con reunión incluida con el entonces concejal Juan Ramón Ferreira y su director de Cultura Juan García Montero─ ha tenido el mismo resultado: la callada por respuesta de las dos últimas corporaciones. No han tenido la deferencia, ni la educación, de responder si les interesa o no la oferta. Ni afirmativa ni negativamente: Nada. Silencio administrativo.
Al día de hoy, tanto el pintor como el Centro Artístico han decidido retirar la propuesta de dedicar varios años de esfuerzos a una causa que nunca imaginaron iba a obtener el silencio y el desprecio por respuesta
La última vez que preguntamos sobre el asunto, la información que se nos ofreció desde Cultura fue que el Museo del Prado iba a restaurar las Fieras, que era un gran cuadro, para dejarlo ubicado en su lugar. Nuestras indagaciones en el departamento del Prado correspondiente niegan esa afirmación salida de la concejalía de Cultura. No piensan restaurarlo. Si llegaran a hacerlo, se lo llevarían a Madrid dentro de la política de recogida de cuadros dispersos por España.
Al día de hoy, tanto el pintor como el Centro Artístico han decidido retirar la propuesta de dedicar varios años de esfuerzos a una causa que nunca imaginaron iba a obtener el silencio y el desprecio por respuesta. Quizás condicionada por la claudicación revisionista, espíritus timoratos o falta de decisión política. Hubiese sido una buena contribución a la futura Capitalidad Cultural Europea 2031. Y otro mal ejemplo de la insensibilidad de quienes nos gestionan y gobiernan.
Pudo haber sido y no fue.















































