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Artículo de opinión por Agustín Martínez

'Moreno Bonilla o la impostura del duelo'

Política - Agustín Martínez - Jueves, 12 de Marzo de 2026
Agustín Martínez critica la utilización de la tragedia de Adamuz buscando réditos políticos. Alguien tiene que contarlo.
Juan Manuel Moreno, esta semana en El Hormiguero.
Juan Manuel Moreno, esta semana en El Hormiguero.

Andalucía asistió el pasado 28 de febrero a un ejercicio de histrionismo político que, bajo la apariencia de la sensibilidad, escondía una de las maniobras más cínicas que se recordamos. Juan Manuel Moreno, el presidente que ha hecho de la moderación un producto de marketing impecablemente empaquetado, cruzó esa línea roja que separa la empatía institucional de la explotación emocional. Su intervención, regada de lágrimas mediáticas y silencios perfectamente coreografiados, no fue un homenaje a las víctimas de la tragedia de Adamuz que aún estremece a nuestra tierra; fue, lisa y llanamente, el intento de un gestor por apropiarse de un dolor que no le pertenece.

La política contemporánea nos tiene acostumbrados al espectáculo, pero lo vivido en el Teatro de la Maestranza y, más recientemente, en el plató de El Hormiguero, marca un hito en la degradación del decoro público

La política contemporánea nos tiene acostumbrados al espectáculo, pero lo vivido en el Teatro de la Maestranza y, más recientemente, en el plató de El Hormiguero, marca un hito en la degradación del decoro público. Moreno Bonilla no se limitó a recordar a los fallecidos; intentó "convertirse" en uno de ellos. Al relatar su vivencia personal de la tragedia, el presidente no buscaba consolar, sino ser consolado. Buscaba que el foco, que legítimamente debe alumbrar el vacío irreparable de las familias, se desplazara hacia su propia figura, erigiéndose como el "sufridor en jefe" de la comunidad.

Si la escenografía del 28F fue más que cuestionable, su paso, el lunes, por el programa de Pablo Motos resultó sencillamente indignante. Allí, entre hormigas de felpa y un ambiente de camaradería cuidadosamente diseñado para el prime time, Moreno "confesó" con una congoja impostada que ha sufrido problemas de salud mental tras convivir con el dolor de las familias. Es aquí donde la banalización alcanza cotas insoportables.

Utilizar la salud mental -un problema estructural que en Andalucía sufre listas de espera interminables y una falta de recursos flagrante bajo su propio mandato- como un escudo emocional para generar rédito político es de una indignidad absoluta

Utilizar la salud mental -un problema estructural que en Andalucía sufre listas de espera interminables y una falta de recursos flagrante bajo su propio mandato- como un escudo emocional para generar rédito político es de una indignidad absoluta. Moreno Bonilla no es una víctima. Es un gestor. Y aunque su trabajo tras el accidente fuera notable en términos logísticos y de colaboración interinstitucional, su responsabilidad terminaba donde empieza el duelo privado de los afectados. Intentar "rentabilizar" ese trauma, presentándose como un hombre quebrado por la tragedia, es una indecente falta de respeto a quienes de verdad han perdido la salud y la vida.

La empatía nunca debe ser impostura: Sentir el dolor ajeno obliga al silencio y al respeto, no a la sobre exposición pública y televisiva. La gestión no es martirio: Un gobernante es elegido para tomar decisiones y gestionar crisis, no para utilizar las secuelas de estas como herramientas de promoción personal. Elegir un programa de entretenimiento para ventilar supuestos traumas derivados de una tragedia colectiva denota un interés político tan obvio que resulta obsceno.

El peligro de la victimización del poder radica en la confusión de roles. Cuando el gobernante se coloca en el papel de víctima, se anula la rendición de cuentas. ¿Cómo se puede criticar la gestión de quien nos dice, con voz quebrada, que ha perdido el sueño por nosotros? Es una forma de chantaje emocional que busca blindar la figura del presidente frente a cualquier fiscalización técnica o política.

Sus lágrimas no son las de quien ha perdido un hijo, un hermano o un futuro; son las lágrimas de quien sabe que la emoción vende más que la estadístic

Moreno Bonilla ha confundido (intencionadamente) la empatía con el exhibicionismo. Sus lágrimas no son las de quien ha perdido un hijo, un hermano o un futuro; son las lágrimas de quien sabe que la emoción vende más que la estadística. Al hacerlo, banaliza no solo el problema de la salud mental, sino la tragedia misma, convirtiéndola en un capítulo más de su biografía aspiracional, porque la verdadera política se hace desde la responsabilidad, no desde la autocompasión y porque utilizar el luto ajeno para lustrar la propia imagen es la mayor de las deslealtades hacia un pueblo que lo que necesita son recursos sanitarios, no terapias presidenciales en horario de máxima audiencia.

Andalucía merece un presidente que sepa estar a la altura del dolor de su gente sin intentar robarles el protagonismo del duelo. La salud mental es un derecho que se garantiza con presupuestos y psiquiatras, no con anécdotas en un plató de televisión. Lo que vimos de Moreno con Pablo Motos no fue empatía; fue una actuación calculada para transformar la tragedia de otros en el pedestal de su propia gloria. Y eso, en cualquier código ético, tiene un nombre: explotación del dolor ajeno.