'El andaluz'

Llegué a Granada en 1989 con 11 años. Entonces, era otra ciudad. Jara era alcalde, el 11 era el Circular, podías aparcar en la puerta del Palacio de Carlos V y subirte en los leones del patio para hacerte una foto. Había un cine de verano en la Plaza Einstein, un McDonalds en Recogidas y Pedro Antonio era un espectáculo digno de ver.
Había dejado Bilbao, que entonces era gris, feo, industrial, olía mal y además te mataban si tal. A pesar de todo eso, venía con la idea de que el mundo se ordena de norte a sur, de arriba abajo. Y, en consecuencia, yo era de rango superior a esta gente que le echaba tomate a las tostadas y abría las tiendas a las 10. Muchos vascos nos creíamos más y muchos andaluces creían que eran menos. Así que algo encajaba de una manera diabólica y retorcida.
En el imaginario colectivo de Euskal Herria, Andalucía era España, una tierra simpática pero atrasada. Un chiste muy grande. Una postal con lunares y un paraíso del subsidio lleno de personas a la que había que enseñar a hacer las cosas, que hablaban mal y se levantaban tarde. Gente de campo, guardias civiles, camareros y vasallos, hechos a la servidumbre. Un lugar poco serio y nada apto para el trabajo.
Un velo de tópicos que había hecho fortuna por allá nos nublaba la razón y también nos hacía sentir cómodos. Pero la realidad no tardó en manifestarse. Hizo falta muy poco tiempo para darme cuenta de que el cateto era yo y que, en realidad, el lugar del que venía estaba repleto de ellos.
Andalucía era un regalo y no todo el mundo se daba cuenta. Tierra ultrajada. Por la historia, por la política, por el poder. Se la miraba por encima del hombro mientras enviaba a sus hijos a levantar otras ciudades
Andalucía era un regalo y no todo el mundo se daba cuenta. Tierra ultrajada. Por la historia, por la política, por el poder. Se la miraba por encima del hombro mientras enviaba a sus hijos a levantar otras ciudades. Entre otros sitios a Vascongadas, donde ejércitos de Manolos, Antonios y Rafaeles de Montefrío, Puente Genil o Coria del Río se concentraban en zonas industriales de la margen izquierda y sostenían a pulso la siderurgia vasca. Mientras se cocían a 1.000 grados de temperatura soportaban motes y menosprecios en una especie de sistema de castas. Sus mujeres limpiaban en pisazos de vascos de pura cepa donde comían aparte, y sus hijos, a falta de apellidos con tirón, se apañaban como podían con el euskera en colegios públicos y barriadas periféricas de Barakaldo o Sestao.
Para mí, no hay nada más ridículo que un vasco intentando imitar el acento andaluz. No me gustan y no me hacen gracia. He completado mi metamorfosis
Aquello ya pasó, pero cuanto más andaluz y más viejo, más lo recuerdo. Hoy soy implacable como un exfumador con estas cosas. La ignorancia planetaria y el desprecio son, a ratos, tan temerarios. Para mí, no hay nada más ridículo que un vasco intentando imitar el acento andaluz. No me gustan y no me hacen gracia. He completado mi metamorfosis. Esos Manolos y Rafaeles son mi casa. Me hicieron sentir bien desde el primer día y me lo dieron todo. Fueron amables, cariñosos y educados. Me "desarraigaron" a besos. Aquí amasé amigos, trabajo, amor y hasta dos críos medio andaluces. Y, me alegra, pero me da igual que Andalucía haya progresado o no en este tiempo. Esta sería mi gente aunque todavía tiraran los carros con burros.
Para bien o para mal, mis hijos son granadinos y andaluces. Hablan con esa música suave que antes me parecía imperfección y hoy me derrite. Cuando les hablo de Euskadi me miran como si les estuviera hablando de Marte. Y quizá lo sea. Ellos no necesitan elegir. Con los años entendí que pertenecer no es una cuestión de origen sino de lealtad. Que uno es del lugar donde ha amado, donde ha sufrido, donde ha construido algo que duele si se rompe.
A veces vuelvo a Bilbao y soy un simple viajero. Me gusta, me interesa, pero ya no me pertenece. Solo añoro los bollos de mantequilla. Allí se come mejor, hace menos frío, menos calor, reciclan más, tienen pensiones más tochas y montañas más verdes. Pero todo eso no significa absolutamente nada para mí.
Con los años entendí que pertenecer no es una cuestión de origen sino de lealtad. Que uno es del lugar donde ha amado, donde ha sufrido, donde ha construido algo que duele si se rompe
Entre Carlos Cano y alguna que otra folclórica me despojaron de mis ultimos vestigios de "vasquidad". Y tan a gusto. Era realmente agotador. Cuando te deshaces de un ARN tan pesado, de todos esos kilos de identidad milenaria, te quedas como ligero. Ahora es solo un hecho administrativo. Uno no siempre nace donde debe. Así que hoy es mi día.
Hay vascos que llevan 50 años en Andalucía y siguen siéndolo de un modo exclusivamente romántico. Lo proclaman y lo esgrimen con cualquier excusa, pero nunca concretan su gran regreso porque, en el fondo, no quieren dejar esta tierra. Mi abuelo pasó sus últimos años soñando con su vuelta mientras paseaba con su schnauzer por las playas de Marbella. 20 grados de puro gozo climático y 300 días de sol al año para una jubilación de manual. A pesar de todo, no se le pegó ni un gramo de acento andaluz. Conservaba en su mirada el destello del orgullo norteño; y en su corazón, la pulsión del eterno retorno. Pero nunca lo hizo. Al final, el viejo Lezama se desvaneció abrazado a la melancolía, mecido por la brisa del mar y el susurro de las buganvillas. Murió en un día de sol, claro.

































