ENTREVISTA al Premio al Mejor Acompañante en el Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión

Paco Cortés: “El guitarrista de acompañamiento está obligado a hacer que parezca bueno un cantaor malo”

Cultura - Juan Pinilla - Domingo, 31 de Agosto de 2025
Juan Pinilla entrevista al guitarrista Paco Cortés, otro genio, que acaba de ser reconocido como el Mejor Acompañante en el Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión, quien despeja algunas incógnitas del flamenco, como entre Paco de Lucía, Camarón y Enrique Morente. Imprescindible.
Paco Cortés, en una actuación en La Platería.
GILBERTO GONZÁLEZ VÁZQUEZ.
Paco Cortés, en una actuación en La Platería.
Paco Cortés tiene el talante y el empaque de los flamencos de antaño, manos finas y delicadas de cirujano, hechuras de faraón del Sacromonte y la dignidad intacta. A lo largo de las décadas, a su derecha se han sentado figuras de la talla de Enrique Morente, Carmen Linares, Camarón, Mario Maya, Mariquilla y una lista tan importante como extensa. Conoce los vericuetos del cante y la danza con esa precisión que solo acarician los nobles tocaores que han invertido una vida en poner su sonanta al servicio del flamenco. Hijo de los bailaores Miguelones y Concha Urbano, hermano del también guitarrista Miguel Ángel Cortés, sobrino de los legendarios Rafael Farina y Juan Varea, descendiente de las Gazpachas ― su tía María fue una de las premiadas en el famoso concurso de 1922 ― y emparentado con las dinastías artísticas más destacadas del Sacromonte, su barrio natal. Acaba de recibir uno de los premios más importantes del toque de acompañamiento hace a penas unos días en el prestigioso Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión. En esta entrevista habla sin tapujos y despeja alguna de las incógnitas más intrigantes del mundo flamenco sobre la relación entre Paco de Lucía, Camarón y Enrique Morente.

Enhorabuena por el premio, maestro, ¿cómo lo ha recibido?

― Me vino grande. Es un premio que lleva pocos años instituido, tampoco se lo dan a todo el mundo, puede quedarse desierto porque se otorga a la gente veterana que va acompañando a los concursantes. Tú acompañas, como en mi caso, a Gregorio Moya, que fue el ganador de la Lámpara Minera, y resulta que me encuentro con este premio tan importante que me concedió el jurado…

"He recibido muchas felicitaciones de Sevilla, de Córdoba y de otros sitios, pero aquí, en Granada, solo de los cuatro amigos. '¡Paco, hostia! ¿qué has formado?'”

Si hubiera nacido en Jerez o Sevilla habría sido portada en los periódicos…

― He recibido muchas felicitaciones de Sevilla, de Córdoba y de otros sitios, pero aquí, en Granada, solo de los cuatro amigos. “¡Paco, hostia! ¿qué has formado?”.

Además, acompañó al ganador de la Lámpara Minera, Gregorio Moya. Siempre ha estado al lado de figuras veteranas y al lado de jóvenes que despuntan. ¿A qué cree que se debe el hecho de ser el favorito de distintas generaciones?

― Creo que entre la juventud tocaora no abundan los guitarristas que quieran aprender el acompañamiento, más bien piensan en dar un pelotazo grabando un disco de solista. Eso lo he vivido como profesor de la Fundación Cristina Heeren de Sevilla durante tantos años. Quizá por esa dedicación mía del acompañamiento y el hecho de que haya cada vez menos guitarristas que se dediquen a esto, he tenido mucho contacto con veteranos y con jóvenes.

Naciste en el Sacromonte, tierra de cuevas, de fragua y leyendas. ¿Qué imagen de tu infancia guardas con más nitidez?

"Vivíamos en una cueva y justo enfrente había un árbol que quitaron hace tiempo donde mi padre se ponía a la sombra para leer novelas de Estefanía, que eran novelas del Oeste, y tenía un montón de ellas a su lado. Me decía, '¡siéntate aquí y ponte a tocar la guitarra! Hasta que no me termine yo todas estas novelas tú no te vas de aquí'”

― Vivíamos en una cueva y justo enfrente había un árbol que quitaron hace tiempo donde mi padre se ponía a la sombra para leer novelas de Estefanía, que eran novelas del Oeste, y tenía un montón de ellas a su lado. Me decía, “¡siéntate aquí y ponte a tocar la guitarra! Hasta que no me termine yo todas estas novelas tú no te vas de aquí”. Pasaban a buscarme mis amigos, el Lalo de Marote, entre ellos, porque se iban a jugar al fútbol, y mi padre no me dejaba salir. Eso se me ha quedado grabado en la memoria cuando echo la vista atrás porque veo que esa disciplina me llevó a ser el guitarrista que soy.

¿Cómo fue su paso a la profesionalización?

― Con ocho años, en las zambras, en “Ca” la Bitirila. Es que el gusto por la guitarra surgía a veces por el interés de ayudar económicamente en tu casa, porque en las cuevas, con que tuvieras un poco de ritmo, ya entrabas a trabajar y cobrabas dinero. Pero en mi caso, muy pronto me llamó Mariquilla y me fui a su tablao El Jaleo en Torremolinos, donde coincidí con Chiquito de la Calzada, Juan Montoya y toda aquella gente.

Se dice que los tablaos de aquellos años eran una fuente de conocimiento enorme, pero también sitios muy difíciles para los principiantes.

―Sí, mucho. Eran muy duros. Los veteranos iban a por ti. Si se equivocaba el bailaor te echaba la culpa. Hubo grandes guerras entre flamencos por un error en un cante… Que si no me ha tocado bien, que si no se qué… Eso ha existido.

¿Cómo podría explicar el oficio del tocaor de acompañamiento?

"Los guitarristas estamos obligados a coger a los cantaores y ponerlos buenos cuando son malos. Hay primeras figuras que han adolecido de sentido rítmico y el guitarrista está obligado a arreglar eso, como tocaor de compás, y lo haces para que no se note"

―Los guitarristas estamos obligados a coger a los cantaores y ponerlos buenos cuando son malos. Hay primeras figuras que han adolecido de sentido rítmico y el guitarrista está obligado a arreglar eso, como tocaor de compás, y lo haces para que no se note. La mayoría de la gente que vienen de pueblos que no son de tradición de cantes rítmicos, es difícil que lo adquieran, salvo que entren en un tablao o una zambra, que eso sí es una universidad del compás.

Ha tocado para para primeras figuras que, cada una en su ámbito, han marcado la historia del cante. ¿Qué le enseñaron estos maestros?

― Las distintas formas de acompañar porque cada uno tenía su universo musical. Chano Lobato era muy especial para tocarle, había que hacerlo muy rápido porque no se paraba y se marcaba el ritmo con las manos. Él había trabajado mucho para bailar y estaba puestísimo de ritmo (marca las palmas e imita a Chano Lobato cantando). Enrique Morente, ni te cuento. Yo pasaba mucho miedo tocándole. Solo he tenido miedo con Camarón y con Enrique Morente. Bueno, y en el baile, con Mario Maya. Enrique nunca sabías lo que te iba a hacer. Tú te sentabas en la silla para acompañarlo y ya te nublabas, porque lo mismo te decía “toca por malagueñas” y sí, salía por malagueñas, pero no hacía los cantes normales sino a su forma, y había que estar muy pendiente.

¿Y en el baile?

"Mario se agachó, me vio unos zapatos con bolos castellanos que tenía yo entonces y los arrancó sobre la marcha. Cuando acabamos me dijo “¡A mí no me vengas con esos zapatos que pareces el muñeco de una tarta!” (risas). Imagínate la perfección que tenía Mario Maya hasta para eso"

― Sobre todo Mariquilla y Mario Maya. Mario era tan perfecto que lo quería todo tal y como lo ensayábamos. En Camelamos Naquerar nos sentábamos en corro los tocaores, por allí andaban también Concha Gómez, El Piki, Ángel Cortés, y recuerdo un día que, en plena función, Mario se agachó, me vio unos zapatos con bolos castellanos que tenía yo entonces y los arrancó sobre la marcha. Cuando acabamos me dijo “¡A mí no me vengas con esos zapatos que pareces el muñeco de una tarta!” (risas). Imagínate la perfección que tenía Mario Maya hasta para eso.

El Sacromonte donde se crio vivían en comunidad gitanos y no gitanos. ¿Qué piensa ahora cuando ve los brotes de racismo que surgen con tanta fuerza en la sociedad?

― Muy mal, lo vivo con tristeza. No puedo entenderlo.

Además de las mencionadas figuras, usted ha tocado a cantaores históricos como Juan Varea. ¿Cómo surgió aquel encuentro?

― Juan Varea estaba casado con una tía mía, Carmela Amaya. Le acompañé de pequeño en el festival del Paseo de los Tristes y recuerdo que yo estaba blanco como la pared porque era muy joven y había sido su mujer, mi tía, la que dijo “que te toque el niño”. Recuerdo que estuvimos ensayando cinco días en su casa un verano muy caluroso. Lo que ocurre es que, para mí, era mi tío, y entonces no tenía conciencia de la importancia real de Juan Varea, hasta que luego, un tiempo más tarde, me lo dijo Enrique Morente. Aquella noche cantó por malagueñas y tarantas, quiero recordar. Luego fui con Enrique años más tarde al homenaje a Rafael Romero ‘El Gallina’, en Jaén, y también lo acompañé.

Siempre nos hemos preguntado la afición por qué Enrique Morente y Paco de Lucía no grabaron juntos.

"Porque Enrique era creador y Paco también. Los creadores, cuando componen, someten al otro artista a su creación. Entonces, el choque no estaba en otro lugar más que en la dificultad de que dos genios como ellos se pusieran de acuerdo en esto. Y así fue pasando el tiempo y nunca grabaron, pero siempre se han llevado fenomenal"

― Te lo voy a contar porque yo lo viví de cerca. Un día fuimos Enrique Morente y yo a ver a Camarón en el campo de fútbol del Rayo Vallecano. Camarón nos dijo después del concierto que fuéramos al Hotel Alcalá, porque en la recepción trabajaba un hermano de Paco de Lucía, Antonio, y les gustaba reunirse allí. Después nos fuimos a un mesón que estaba justo debajo del Café de Chinitas, y nos reunimos Paco de Lucía, Enrique Morente, Camarón… Y bueno, surgió una conversación entre muchos artistas en medio de la que salió este tema entre ellos dos. Enrique le decía a Paco, “Paco, yo estoy encantado contigo, vamos a hacerlo”, pero claro, surgió la pregunta de “¿Y quién lo monta?”. Y ahí estaba la cuestión. Porque Enrique era creador y Paco también. Los creadores, cuando componen, someten al otro artista a su creación. Entonces, el choque no estaba en otro lugar más que en la dificultad de que dos genios como ellos se pusieran de acuerdo en esto. Y así fue pasando el tiempo y nunca grabaron, pero siempre se han llevado fenomenal.

La historia ha situado también a Enrique Morente y a Camarón como si fueran antagónicos, sin embargo, usted tiene una versión contraria que vivió en primera persona.

― Enrique Morente y Camarón vivían como hermanos. Se querían y se admiraban. Como Joselito y El Gallo, en su tiempo. En Madrid se llamaban muchas veces. Cuando aún estaba soltero, viví un tiempo con Enrique, en General Ricardos, en la casa de su madre que hacía de comer que era una maravilla porque estaba de cocinera en el Hotel Ritz. Allí ensayábamos todos los días y desde allí salíamos para las actuaciones. Estábamos una tarde ensayando, llaman a la puerta, abro yo y me encuentro a Camarón y a un tal Fernández que había por Madrid que venía con él “¿Está por ahí Enrique?”, y le dice Camarón cuando entra que le hacía falta un tema porque estaba grabando con Paco. Ahí fue cuando Enrique le dio esos fandangos tan famosos suyos que Camarón los grabó con la letra “Ni que me manden a mí”. Entonces, de ese momento histórico fui testigo, porque yo abrí la puerta (risas).

Paco si le dieran un presupuesto enorme y pudiera hacer un cartel flamenco con sus artistas favoritos de todos los tiempos, ¿cómo sería ese cartel?

 “'¿Está por ahí Enrique?', y le dice Camarón cuando entra que le hacía falta un tema porque estaba grabando con Paco. Ahí fue cuando Enrique le dio esos fandangos tan famosos suyos que Camarón los grabó con la letra “Ni que me manden a mí”. Entonces, de ese momento histórico fui testigo, porque yo abrí la puerta"

―Sin duda estarían Enrique Morente, Camarón, Paco de Lucía, todos los que yo he nacido con ellos, como Mario Maya… De ahora no lo haría muy largo, mi pensamiento no sería un macro festival, si no gente con la que yo estoy a gusto, cuatro cantaores y tres guitarristas buenos y dos bailaoras, que sean pureza, cante tradicional: El Pele, José Mercé, El Chino de Málaga, El Torta…

¿Y Juanillo El Gitano?

― Juanillo El Gitano cantaba de muerte, pero tenía mucho miedo al escenario. Yo le he tocado siendo muy joven. Mi primo es Antonio Solera y fue criado por Juanillo El Gitano y su mujer, que le decíamos La Niña. Mi primo Solera me ponía falsetas (en el argot flamenco poner significa enseñar) y tengo la imagen de Juanillo levantándose de la siesta y diciéndole “¡Antonio, que estás equivocando al niño, que le estás dando las cosas como no son!”, y cogía la guitarra y ya ponía los tonos correctos (risas). Mario Maya se lo llevó a Madrid, a Torres Bermejas, y Juanillo cantó toda la noche tocando una llave grande que llevaba en un bolsillo, porque era supersticioso. Actuó ese día y al siguiente dijo que la capital no era para él, que quería volverse a Granada, a sus fiestas y su copita de vino.

El Sacromonte ha dado muchos artistas, algunos injustamente olvidados. ¿A quiénes de ellos rescataría usted?

― A muchos. El que sabe de esto una barbaridad es el Curro (Albaicín). De Pepito Albaicín no habla nadie, de Manolo Osuna, tampoco, y fíjate qué figuras. Luego, yo adoraba a El Chispitas. Era muy gracioso y tocaba la guitarra. Había otro que era Adrián, un guitarrista ciego que nos enseñó mucha técnica a guitarristas como Miguel Ochando y a mí. Vivía en el Peso de la Harina y me lo llevaba a la casa de la mano, porque no veía, para que me pusiera cositas. Recuerdo que donde está la cueva de Curro Albayzín tenía un bar la Paca, hermana de la Gallina, y este hombre llegaba y decía, “¡ponga usted dos raciones de cebada!”, y se refería a la cerveza (risas)

Poca gente conoce su parentesco con Pansequito

― Pansequito es familia mía, porque viene de una familia del Sacromonte que se fueron para El Puerto de Santa María. Hace muchos años, mi tío Pillín era representante y tenía una compañía en la que llevaba a Rafael Farina y a Juanito Valderrama. La figura, en esa época, era Antonio Molina. En el espectáculo venían Lebrijano y Pansequito, y yo era más jovencito que ellos. Mi tío, nada más llegar, les dijo “este es el que os va a tocar, que es mi sobrino”. Por eso, cuando pasó el tiempo, Pansequito decía que me había sacado él en una gira por Francia.

¿Quiénes son las mejores personas que ha conocido en el mundo del flamenco?

"Quizá por mi manera de ser, porque me dicen que soy buena persona, y hasta ahora me siguen encontrando buena gente, me he rodeado de gente noble: Carmen Linares es una de las que me lo ha dicho siempre. Enrique Morente, también. Mario Maya, igual. Mariquilla también ha sido una persona que me ha querido mucho"

― Hay muchas. Quizá por mi manera de ser, porque me dicen que soy buena persona, y hasta ahora me siguen encontrando buena gente, me he rodeado de gente noble: Carmen Linares es una de las que me lo ha dicho siempre. Enrique Morente, también. Mario Maya, igual. Mariquilla también ha sido una persona que me ha querido mucho. Yo ahora me he espabilado más (risas) porque antes me quedaba sentado en la silla y a penas hablaba. Nunca me he peleado con nadie, soy de esa forma de ser.

¿Y las peores?

― Tengo unos cuantos (risas). Pero, sobre todo, mánagers y representantes del flamenco, aunque también hay salvedades como Antonio Benamargo y pocos más. Me refiero a esa gente que no saben de flamenco y solo le gustan los bocadillos y el dinero. La mayoría van a trincar nada más. Y luego están los artistas chungos que se creen ellos que son los mejores del mundo, las máximas figuras, y van en contra de los compañeros. Pero en general hoy día la gente es mucho más sana, como le pasa a Arcángel, Poveda, Méndez, que hacen todos deporte, y quieren salir los primeros en los festivales porque al día siguiente tienen un partido de fútbol (risas). Esto ha cambiado mucho.

Ha recorrido medio mundo con su guitarra, pero, ¿hay algún lugar que le haya llamado especialmente la atención?

― Japón. He estado cinco veces y la primera vez fui con Carmen Linares en una gira que hicimos varios teatros. Me quedé en casa de José de la Margara, que era del Albaicín y vivía allí. Se portó muy bien conmigo y me llevó con Alonso, el bailaor de Macama Jonda, que estaba casado con una japonesa y vive allí también. Lo que más me impactó fue que llegamos a un sitio por primera vez y me encuentro con una foto mía en grande que habían sacado de un disco. Fíjate tú el arte porque Carmen Linares y Enrique Morente, son figuras, pero allí tenían una foto mía, valoraban el arte del guitarrista de acompañamiento.

"Yo la espina que tengo es que siendo de Granada y habiendo hecho motivos en la guitarra, creo, porque me he dejado toda la vida en los escenarios, sin embargo, tengo más cartel en Sevilla o en Madrid que en mi propia ciudad. A mí me gustaría que mi ciudad, aunque sea, me pusieran un imperdible o una insignia de algo (risas)… Porque tenía el pantalón corto cuando me empecé a subir a los escenarios"

Si naciera de nuevo ¿volvería a elegir la guitarra?

― Si, sí. Sin duda alguna. Lo que pasa es que lo haría ya con todas las consecuencias, sabiendo ya la película. Ese decir, con quien iría a muerte y a quien evitaría.

¿Tiene alguna espina clavada?

―Yo la espina que tengo es que siendo de Granada y habiendo hecho motivos en la guitarra, creo, porque me he dejado toda la vida en los escenarios, sin embargo, tengo más cartel en Sevilla o en Madrid que en mi propia ciudad. A mí me gustaría que mi ciudad, aunque sea, me pusieran un imperdible o una insignia de algo (risas)… Porque tenía el pantalón corto cuando me empecé a subir a los escenarios.

Un recuerdo de su compañero desaparecido Miguel Ochando.

― Estamos muy dolidos con su muerte. Tengo mil historias junto a él. Carmen Linares me llamó en una ocasión porque mi hermano Miguel Ángel no podía venir a un teatro en Barcelona y me preguntó que a quién podríamos llevar. Sin pensarlo le dije que llamáramos a Miguel Ochando. Ella aceptó y le eché el teléfono. Miguel ni siquiera me preguntó cuánto íbamos a cobrar, ni nada por el estilo, solo me dijo: “Paco, lo que tú digas”. Así era él. La actuación salió muy bien. Años más tarde montamos un espectáculo entre mi hermano, Miguel Ochando y yo, las tres guitarras granadinas, y giramos por todos sitios. Jamás preguntaba por las condiciones, decía que donde fuera yo, él iba. Hemos sido como hermanos.

 Todas las imágenes han sido cedidas amablamente para esta entrevista por Gilberto González Vázquez, a quien agradecemos su inestimable colaboración.