Artículo de Opinión

'El jardín del diablo'

Cultura - Álvaro Salvador - Lunes, 9 de Febrero de 2026
La prestigiosa firma de Álvaro Salvador se adentra en el cine para analizar, desde otra perspectiva, necesaria, una clásica película de wéstern. Disfruta de la lectura.
Fotograma de la película de Henry Hathaway.
Fotograma de la película de Henry Hathaway.

He visto esta película de Henry Hathaway al menos cuatro o cinco veces, pero no descubrí su verdadero sentido hasta la última vez que la vi hace unos días. La primera vez fue cuando aún era niño, tendría nueve o diez años y recuerdo que me gustó mucho porque era un western magnífico lleno de personajes, intriga y acción –con pieles rojas incluidos– que me causó un gran impacto. No era para menos, una película de Hathaway con Gary Cooper, Richard Widmark, Cameron Mitchell y Susan Hayward, difícilmente podía ser una mala película, incluso del Oeste. La volví a ver muchos años más tarde en la televisión cuando, ya mayor, me motivaba el misterioso y salvaje personaje de la Hayward, y pude apreciar lo bien escrito que estaba el guion de Frank Fenton, actor y guionista de otras maravillas como Río sin retorno  o Fort Bravo. Pero continué sin atrapar correctamente el sentido último del filme. Sí que pude apreciar la tensión erótica hacia Leah Fuller –el personaje de Susan Hayward– de dos de los personajes masculinos –Fiske (Widmark) y Luke Dayli (Cameron Mitchell), así como la caballerosidad y las maneras respetuosas de Hooker (Gary Cooper).

Como recordará el lector aficionado al western, la película nos narra la aventura de tres hombres que están recorriendo la costa de California, viajando hacia los territorios en los que acaba de nacer la fiebre del oro

Como recordará el lector aficionado al western, la película nos narra la aventura de tres hombres que están recorriendo la costa de California, viajando hacia los territorios en los que acaba de nacer la fiebre del oro. Son tres individuos muy distintos: Hooker es un hombre de unos cuarenta años, reservado, educado, elegante y que parece saber mucho del mundo y de la vida; Fiske es un jugador, extrovertido, hablador, algo fanfarrón, pero con una personalidad marcada y Luke es un joven atolondrado, impetuoso, imprudente, también fanfarrón, pero poco experimentado. En una parada del viaje, los tres recalan en un pueblo mexicano y allí son contratados por Leah Fuller, junto con un mexicano, Vicente (Víctor Manuel Mendoza), para acompañarla a buscar a su marido que ha quedado atrapado en una mina de oro dentro del territorio apache. Para ser sincero, tengo que decir que los apaches están muy mal caracterizados, parecen más bien indigenas cherokees con su pelo cortado en cresta, su media desnudez y sus ataques a caballo. Los apaches solían vestir ropas, llevar el pelo largo hasta los hombros y nunca atacaban a caballo, sólo los usaban para transportarse, pero no para la guerra.

Hasta llegar a la mina de los Fuller, las peripecias son varias y tienen que ver, sobre todo, con el oro y la relación de los tres con la patrona, a través de las cuales se va desarrollando y exponiendo la psicología de los personajes. Las primeras veces que vi la película, ya maduro, pensé que era un extraordinario canto a la amistad y la camaradería. El final, en el que Fiske hace trampas con las cartas para que Hooker huya con Leah y él se quede a frenar a los pieles rojas, parece querernos indicar eso. Porque ella le había confesado a Fiske cuando este se le declaró unas horas antes que no le atraía en absoluto y él creyó que era su compañero Hooker quien le atraía. Sin embargo, una vez que Leah está a salvo, Hooker se da cuenta de que Fiske ha hecho trampa para que él escape con Leah, y entonces vuelve para intentar salvarlo, aunque solo puede consolarlo en su agonía, ya que los indios le han herido de muerte. Hay una escena enorme en la que Hooker le toma la mano y se despide de Fiske que muere en medio de una frase.

Hay dos escenas que son claves en este desarrollo, pero que pasan desapercibidas si el espectador no presta la atención debida

Sin embargo, en esta última revisión del filme percibí una mayor intensidad en el relato. En primer lugar, la actitud asexuada de Hooker se relaciona con su caballerosidad, con su educación y elegancia, quizá con un pasado de hombre del Sur, pero lo cierto es que su comportamiento está muy lejos de la lubricidad que Leah, y su personalidad de mujer fuerte y decidida, suscita en Luke y Fiske, brutal y atolondrada en el primer caso, más elegante, pero evidente, en el segundo. No obstante, Hooker –cuyo nombre puede significar “gancho”, “puta” o “putero”– no parece inmutarse por la presencia de la mujer en todo el viaje, al contrario, la defiende de los acosos de sus compañeros. Hay dos escenas que son claves en este desarrollo, pero que pasan desapercibidas si el espectador no presta la atención debida: la primera es cuando después de una de esas muestras de caballerosidad, Leah le pregunta a Hooker si tiene mujer o novia y este le responde muy contundente que “no, que nunca le ha interesado ese tema”. La segunda es cuando están conversando de nuevo, después de encontrar al marido de Leah herido, a quien los indios han dejado para que muera lentamente, y es testigo Hooker del encuentro sórdido y tormentoso entre los dos esposos, que se aman y se odian al mismo tiempo. John, el marido (Hugh Marlowe), ha manifestado su decepción por la codicia de su mujer que, según él, ha hecho todo ese esfuerzo no por él, sino por el oro. Cuando están solos Hooker le pregunta a Leah si ama a su esposo y ella le responde que quién puede entregarse del todo a otra persona. La respuesta de Hooker es contundente: “parece que su marido sí lo ha hecho”. Más tarde, cuando éste pierde los nervios, Leah le pide que no le dé mucha importancia, que en el fondo John es un hombre bueno y Hooker le pregunta y se pregunta si es que existen los hombres buenos. Leah le responde que sí, “que él, Hooker, es un hombre bueno”. Afirmación que en apariencia se confirma con el último fotograma de la película, en el que los supuestos caballos de Leah y Hooker parecen encontrarse. 

No obstante, el filme parece tener tres posibles finales, porque en la escena inmediata al final de la película Hooker pronuncia hacia nadie, es decir, hacia el espectador, una frase bíblica: “si el mundo hubiese sido hecho de oro, los hombres se dejarían matar por un puñado de tierra”. No obstante, el final anterior, la secuencia anterior  es también muy significativa porque en su agonía Fiske le dice que Leah le quiere y cuando va a decir “que usted también le…” expira. Entonces Hooker, en una escena llena de una ternura impropia de un western, le coge la mano y se la aprieta vivamente conmovido. Aquí es inevitable volver sobre lo que ya hemos visto, recordar cómo en las primeras secuencias, Fiske insistía a Hooker para que se abriese, para que le contara cosas de él, para que le revelase su intimidad. Pero Hooker solo es capaz de mostrar sus sentimientos a través de ese conmovedor apretón de manos en la antesala de la muerte de su amigo, a quien no pudo confesar nunca la magnitud de su cariño.

Álvaro Salvador (Granada, 1950) es catedrático emérito de la Universidad de Granada. Ha publicado trece libros de poemas entre los que podemos destacar  Las Cortezas del Fruto (Madrid, l980, Granada 2022), El agua de noviembre  (Granada, l985), La condición del personaje Granada, l992), Ahora, todavía (Sevilla, Renacimiento, 2001), La canción del outsider (Madrid, Visor, 2009) por el que obtuvo el Premio Generación del 27, Diario de Firenze (Granada, 217), Un cielo sin salida (Sevilla, 2020) y los volúmenes antológicos Suena una música (Valencia, Pre-Textos, 1996 y Sevilla, Renacimiento, 2008), POPoemas (Granada, 2014) y Caras B (Granada, 2019).

Junto a Luis García Montero y Javier Egea promocionó a comienzos de los ochenta la tendencia poética bautizada como Otra Sentimentalidad, germen de la posterior poesía de la experiencia. Ha publicado además dos novelas, algunos libros de ensayo, varias obras de teatro y dos libros de aforismos, Después de la poesía (Almería, 2006) y La vida no te espera (Sevilla, 2014). De 2004 a 2008 colaboró como columnista con el diario La Opinión de Granada.